Los monstruos que heredamos
Sobre lo que arrastramos en el amor y en la familia
Durante un tiempo creí que las palpitaciones nocturnas, los miedos proyectados en forma de pensamientos intrusivos y la lucha diaria por aplacar las inseguridades se acabarían en algún momento. Que pertenecían a un estado transitorio. Unos logran superarlo antes, otros más adelante. Solo hace falta que ocurra algo que reordene las piezas: la familia, un trabajo estable, un amor saludable, más dinero en la cuenta…
Nadie se despierta una mañana y se dice a sí mismo: «espero que esta relación sentimental cure mis inseguridades» o «quizá este nuevo proyecto me ayude a reconciliarme con todas mis frustraciones». Pero, de algún modo, muchos vivimos con la esperanza de que algo o alguien aparezca para aliviar las cargas que llevamos años arrastrando. Se parece a aquello que contaba Aristófanes en El Banquete de Platón sobre la media naranja. Perseguimos incansables aquello que dejará de hacernos sentir incompletos. Sin embargo, pronto el tiempo nos aplasta con su ominosa realidad.
Olivia Rodrigo canta en una de las canciones de su nuevo disco (you seem pretty sad for a girl so in love) sobre la idea equivocada de buscar en la persona amada la cura para sus propios demonios. Debería ser feliz a su lado, pero se da cuenta de que no es suficiente. Los pedazos de su corazón siguen fracturados y el amor no puede arreglarlos porque la causa es más profunda y anterior.
And all the nights I spent fighting bad thoughts in my room
Feeling so alone, might as well be on the moon
I thought I found the antidote with you.
But my head is full of poison, and my heart is full of doubt
I got toxins in my bloodstream, you tried hard to suck 'em out
And it feels like medication, and it's good for me, I'm sure
But it don't matter how your love feels anymore
It'll never be the cure.
Todo el álbum funciona como un duro recorrido por las distintas fases de una relación con serpenteantes curvas y vaivenes que van desde la idealización del otro y el aturdimiento que sigue a las primeras citas (las manidas mariposas en el estómago) hasta la posibilidad de imaginar un futuro juntos, pero también la dependencia, las comparaciones, las expectativas no cumplidas y la aceptación de que nadie puede sanarnos, como mucho acompañarnos en el proceso. Rodrigo ha logrado un trabajo cohesionado con letras poéticas, pero cercanas, que musicalmente dejan a un lado el pop rock adolescente para entregarnos un proyecto más maduro. Todo parece girar alrededor de una misma cuestión: qué hacemos con las heridas que ya estaban ahí antes de que comenzara la historia.
Hay una promesa incumplida que se repite desde el primer minuto hasta los últimos compases del disco. La otra persona se convierte en una oportunidad para empezar de nuevo, en un refugio frente a las inseguridades, miedos y decepciones acumuladas. Durante un tiempo funciona. La intensidad del enamoramiento tiene algo de anestesia: nos permite creer que estamos viviendo una versión mejorada de nosotros mismos, una más valiente, más feliz, más completa.
Pero tarde o temprano llega una revelación difícil de aceptar. La relación no ha eliminado el veneno que nos carcome, simplemente lo había dejado en segundo plano. Y cuando la emoción inicial desaparece, volvemos a encontrarnos con las mismas preguntas que estaban esperándonos antes de que todo comenzara. Quizá una de las verdades más dolorosas de la vida adulta consiste precisamente en comprender que nadie va a venir a salvarnos de nosotros mismos.
Recuerdo que de las cosas que más me impresionaron al comienzo de mi relación con Fran fue mi autopercepción. Llevo toda la vida haciéndome preguntas, creyendo que escuchaba lo suficiente mi voz interior, pero no fue hasta la llegada de otro interlocutor que supe de partes mías que creía desconocidas. Pasamos años construyendo un relato sobre quiénes somos, cuáles son nuestras virtudes, nuestros defectos, nuestras heridas y nuestros límites. Creemos conocernos porque llevamos toda una vida habitando nuestra propia cabeza. Sin embargo, la llegada de otra persona te obliga a replantearte muchas convicciones.
Es extraño verme a través de sus ojos. He descubierto miedos que no sabía que tenía, necesidades de afecto que disfrazaba de independencia, inseguridades que creía resueltas y que simplemente habían encontrado buenos escondites. También he comprendido que muchas de mis reacciones no nacen realmente del presente, sino de lugares más recónditos, de cosas que creía superadas.
Quizá por eso me interesa tanto la idea de las herencias emocionales. Porque rara vez se manifiestan de forma evidente. Se esconden en nuestros gestos cotidianos, en la manera en que discutimos, en cómo pedimos cariño o en cómo nos alejamos de él cuando lo tenemos delante.
Mi padre apenas tuvo relación con el suyo, es decir, con mi abuelo. Y yo apenas tengo relación con el mío. Sé que si no lo llamo, él no lo hará. Durante mucho tiempo contemplé ambos hechos como acontecimientos independientes, separados por décadas y circunstancias distintas. Ahora no estoy tan seguro. Empiezo a preguntarme cuántas cosas heredamos sin saberlo. Cuántas formas de entender el afecto, la distancia o el silencio recibimos como quien hereda el color de los ojos o la estatura. Y si, a partir de eso, confundimos una decisión propia con un patrón aprendido.
No creo que estemos condenados a repetir la vida de quienes nos precedieron. Pero tampoco que podamos escapar de su influencia sin antes reconocerla. Ese es el aprendizaje más difícil: identificar qué partes de nosotros son realmente nuestras y cuáles pertenecen a una herencia que comenzó mucho antes de nuestro nacimiento.
El amor no es la cura que tantas veces buscamos. Es cierto que las heridas no desaparecen cuando son compartidas, pero dejan de gobernarnos desde la oscuridad. No puede salvarnos de nuestros monstruos, aunque ayuda a verlos con más claridad.
Esta idea aparece en Monstrilio de una forma mucho más literal. Sin entrar en detalles, la novela convierte el dolor en algo tangible, en una criatura que nace de una pérdida insoportable. Una pareja pierde a su hijo de once años por una enfermedad respiratoria. La madre, en un intento por aferrarse a lo que queda de aquel cuerpo inerte, extrae su pequeño pulmón y lo guarda en un tarro. Alentada por viejas creencias empieza a alimentar el órgano con la esperanza de que su hijo, de algún modo, vuelva a la vida. La pequeña mancha deforme empieza a crecer, a mutar en algo más grande que toma la forma no de un niño, sino de una criatura negra, peluda y con alas.
Monstrilio -así deciden nombrarlo- es diferente al resto, necesita matar para sobrevivir y anhela la libertad de las criaturas silvestres. Sin embargo, su madre hará todo lo posible para que renuncie a su naturaleza animal y convertirlo en humano: le enseña a hablar, le corta las alas, trata de frenar sus impulsos de caza… El pequeño Santiago murió sin llegar a la adolescencia y no está dispuesta a perder a este nuevo ser. Hay un pasaje que refleja muy bien la desolación y el duelo de la madre:
Después de Santiago, creí que iba a retorcerme yo también. Quería tener mi pena, pero en vez de eso me quedé con una nada terrible, y me dio mucho miedo. Entonces vi que el miedo sí podía sentirlo, así que me aferré a él. Le tenía miedo a mi soledad. Le tenía miedo a no volver a encontrar a nadie a quien querer.
El verdadero conflicto del libro nunca consiste en preguntarse qué es exactamente Monstrilio, sino lo que proyectan los demás sobre él. Su madre no ve una criatura nueva, sino la posibilidad de recuperar al niño que perdió. Intenta moldearlo, corregirlo y convertirlo en algo que encaje con la imagen que conserva de Santiago. Como si el amor pudiera deshacer la realidad.
Bajo esa premisa imposible, la novela explora cuestiones como la identidad, la pérdida y la familia. De hecho, puede leerse como una alegoría de muchas infancias LGTBIQ+ en cuanto a la experiencia compartida de crecer sintiendo que hay algo en ti que no encaja con las expectativas ajenas.
Y mientras leía no podía dejar de pensar que el monstruo no se presenta como una amenaza. Es una revelación. Una forma de poner delante de los personajes aquello que llevaban años intentando domesticar, ocultar o explicar. Supongo que por eso me resultó tan fácil reconocerme en algunas de sus preguntas.
Empecé pensando en una canción sobre el enamoramiento y he terminado hablando sobre mi padre. No era el plan. Supongo que casi nunca lo es. Uno cree que está reflexionando sobre una obra y, sin darse cuenta, acaba escribiendo sobre sí mismo. Por eso seguimos volviendo a los libros, a la música, a las historias. No porque expliquen nada, sino porque a veces cambian la dirección desde la que nos miramos.
No sé si alguna vez llegamos a desprendernos del todo de aquello que nos ha marcado. Sospecho que no. Lo que sí cambia es la forma en que convivimos con ello. Quizá por eso me cuesta pensar en los monstruos como algo que deba ser derrotado. Algunos llevan demasiado tiempo con nosotros. La cuestión es no confundirlos con nuestra propia voz.
Un abrazo,
Sergio ❤️


