Un lugar provisional
Solo quiero una casa donde poder colgar un cuadro o guardar el azúcar en un azucarero
Hoy me he despertado a las dos y media de la madrugada por una pesadilla en la que me ahogaba. En el sueño, camino por el salón de casa en mitad de la noche. Pulso el interruptor de la luz, pero es inútil porque la electricidad no funciona y, asustado porque estoy solo, me acerco a la puerta para cerrarla con llave. No sé explicarlo, pero no es una noche más. El ambiente lo siento extraño y perturbador. Fuera escucho la lluvia golpeando contra los cristales, un sonido amortiguado por las sacudidas de los árboles, zarandeados violentamente por rachas de viento, y por los parpadeos de truenos lejanos.
Estoy incómodo. No puedo volver a la cama porque la imagen está deformada. Algo no encaja. Compruebo que, pese al corte eléctrico, tengo Internet y me acerco a la terraza, donde el agua se eleva hasta la cuarta planta en la que vivo. Hago el intento de tocar con los dedos la masa que se agita a escasos centímetros. Puedo hacerlo y eso me asusta porque es cuestión de tiempo que siga subiendo. Lo último que recuerdo es sacar el móvil, angustiado, para grabar un vídeo de despedida a mis seres queridos.
Me gustaría decir que lo que he narrado es literatura, que la ficción enmascara lo que en realidad fue una noche como tantas otras, pero no es cierto: ocurrió de verdad. No me ahogué, claro está, pero la sensación que me produjo sí fue real. No pude volver a conciliar el sueño. Leo en Internet que se trata de una pesadilla recurrente para muchas personas y que, según la fiabilidad que queramos conceder a las interpretaciones psicoanalíticas, suele relacionarse con la ansiedad o con la falta de control ante una situación que se nos escapa de las manos.
Sin embargo, lo que más me inquietó al despertarme sobresaltado fue el lugar en el que ocurría la escena. No era en la casa en la que me he criado. Tampoco en el mar ni en una bañera o piscina. Estaba en el piso donde estoy ahora, en una habitación alquilada por la que pago cada mes y que no deja de subir de precio año tras año. En la noche del sueño estaba solo, atrapado en la cuarta planta de un hogar que ni siquiera puedo considerar propio. Mis últimos minutos antes de morir ahogado los iba a pasar en una vivienda de escasos metros cuadrados donde ya me ahogo sin agua.
La diferencia entre la vida y la muerte está en una bocanada de aire.
Si miro atrás para entender el presente, de algún modo todo pasa por trazar la ruta de los espacios que he intentado hacer míos. A veces con un gesto pequeño, como un determinante bien colocado —fingido en su condición de posesión— para evitar el sincericidio: “ya vuelvo para mi casa”. Otras, de forma más activa, con rutinas, objetos y apliques que coloco aquí y allá para expulsar el frío de habitaciones que han presenciado muchas vidas antes que la mía. Pero no basta. Hay señales que te devuelven a tu condición de invitado fantasma: un día te irás y el lugar que has habitado se convertirá, con suerte, en una anécdota que contar entre amigos cuando te mudes de nuevo.
Lo conozco bien. Con diecisiete años hice la selectividad y me marché a Madrid. Para quienes hemos crecido en pueblos o ciudades pequeñas, la huida hacia los grandes núcleos urbanos es tentadora con sus promesas y esperanzas de una vida nueva, de una vida posible. Ese verano mi padre buscó concienzudamente una habitación cerca de la universidad donde iba a estudiar. Fue de sus últimos gestos conscientes como padre; después, su presencia se hizo más distante, menos concreta. No me preguntaba por las clases, qué hacía los fines de semana, ni si necesitaba dinero para la compra o el transporte. Y, siendo honesto, yo tampoco pedí nada. Aprendí a organizar mis comidas para sobrevivir con lo mínimo y a calcular cada viaje en metro para no gastar más de lo imprescindible. Una condición clave para el desarraigo es desprenderte de los vínculos que te atan a un lugar. No tuve que quemar las naves porque ellas mismas se encargaron de hacerlo.
Lo que vino después fueron experiencias desagradables y, a veces, absurdas: convivir con personas que hacían imposible la vida cotidiana o caseros que decidían vender la casa estando yo dentro. La bajeza moral del ser humano se oculta bajo la fachada de un señor de avanzada edad que te extiende un falso contrato de alquiler mientras te pide con una sonrisa de oreja a oreja que le pagues en negro por sus problemillas con Hacienda. ¿Y qué vas a hacer? Ya has recorrido cientos de veces portales como Idealista y sabes que la necesidad es el alimento de este tipo de personas. Sabes que una negativa no da pie a una negociación más justa, sino a aceptar que otra persona en peores condiciones que tú aceptará el trato.
En noviembre de 2020, la escritora Marta Jiménez Serrano y su pareja estuvieron a punto de morir por una fuga de monóxido de carbono en el piso alquilado donde vivían. Una caldera sin revisar por los dueños del inmueble fue el desencadenante de una situación que estuvo cerca de costarles la vida. En Oxígeno, la autora rememora el trauma no limitándose al momento del accidente, sino también a los días y meses posteriores en un intento de comprender la magnitud de lo que había ocurrido.
A partir de esa experiencia, el relato se convierte en una reflexión literaria sobre la vida, el cuerpo, la memoria y también el hogar. El libro explora cómo la vulnerabilidad física y emocional se entrelaza con la precariedad material: desde casas alquiladas con defectos que nunca se mencionan en el momento de firma del contrato hasta la inestabilidad emocional que supone no tener un espacio verdaderamente propio. Jiménez Serrano ahonda en cómo la crisis de la vivienda —el precio del mercado, la negligencia de algunos arrendadores, la presión de las inmobiliarias— afecta no solo a nuestra economía, sino también a nuestra intimidad y bienestar.
Me ha resultado desolador leerlo por fragmentos tan duros como el que reproduzco a continuación:
Ellos nos sonríen y y nos explican que la limpieza corre de nuestra parte, y que las bombillas ya serían cosa nuestra, y que bueno, de la pintura no se hacen cargo, pero que si no queremos el piso ellos lo comprenden, lo comprenden muy bien, porque al fin y al cabo hay mucha, muchísima gente que quiere pagar 1.050 euros más la fianza más el depósito por un piso con moho en la ducha y rozaduras en las paredes.
Será en el momento de la firma, en la entrega de llaves, cuando ellos nos digan: «Por cierto, está prohibido tener mascota»; «Por cierto, está prohibido hacer fiestas». Y nosotros pagaremos 1.050 euros al mes por un lugar sin luz directa en el que no podremos colgar un cuadro, en el que un perro no vendrá a saludarnos al abrir la puerta, y diremos casa para hablar de esos 36 metros cuadrados. […]
Pasaremos dos años y medio viviendo entre paredes blancas o entre paredes con pósters pegados sin hacer agujeros, como un adolescente en el cuarto de casa de sus padres, con el mismo regusto amargo de que la casa es nuestra pero no del todo. Solo que ahora pagamos 1.050 euros al mes por la desposesión.
Leerlo me hizo reconocer mis propias experiencias en Madrid: pisos en malas condiciones, caseros que por un fajo de billetes te deshumanizan y, ante todo, la fragilidad de una independencia que depende de factores externos.
Y mi caso no debería ser demasiado preocupante. Tengo un buen trabajo —asumiendo lo maltratada que está la educación en nuestro país— y no vivo precisamente en la capital. Pese a todo, esta comunidad autónoma hace esfuerzos por expulsarte. La conversación al teléfono con mi madre es cíclica. Me pregunta por qué no hago las oposiciones en Andalucía. Por qué no vuelvo a la casa en la que crecí, con un techo asegurado y comida caliente sobre la mesa. Pero no comprende que mi vida está, en estos momentos, aquí, donde he construido lazos que, aunque poquitos, aún hacen que cada día tenga sentido. De nada vale una casa si no tienes con quien compartirla.
Al final, uno aprende que el miedo es también quedarse sin aire en habitaciones que nunca terminan de ser tuyas, vivir en la prórroga permanente de contratos frágiles, de afectos en construcción, de pertenencias prestadas. Llamamos casa a lo que podemos habitar con dignidad, aunque sea por un rato; hogar, quizá, a lo que nos hace querer volver. Entre mudanza y mudanza, entre llaves que devuelvo y llaves que todavía no tengo, sigo buscando ese lugar definitivo que deje de sentirse un tránsito hacia algo mejor. Como señala Marta Jiménez Serrano, espero vivir en un sitio donde el azúcar se guarde en un azucarero, en lugar de meter la cucharilla directamente en el saco de papel abierto.
Por cierto, en pocas semanas mi compañera de piso se marcha. Si conocéis a alguien interesado/a, contactad conmigo.
Un abrazo,
Sergio❤️



